¿Con cuántos tabacos hemos mantenido una relación amor-odio?
No; formulemos mejor la pregunta.
¿Con cuántos tabacos nos hemos topado en nuestros años inexpertos, los hemos apartado de nosotros con una mezcla de condescendencia y asco, renegando de ellos por motivos desconocidos, para volver a probarlos años después y meternos -poéticamente- la lengua por el culo al apreciar que no tuvimos paladar para disfrutar de una experiencia a esa altura?
Ay, si eso sólo sucediera con los tabacos.
Mi historia de odio con el Three Nuns empezó cuando lo fabricaba todavía Bell's. Hace dos años y medio. Enero de 2006. Recién aterrizado en un país del que desconocía completamente su idioma. -20ºC en las calles. Hielo en la barba. Y en el paladar. Porque me quise regalar lo mejor del estanco -un estanco que ya ha quebrado, como tantos otros- y elegí una lata con un aspecto tan antiguo que resultaba prometedor. Cuando abrí la lata, recuerdo un olor: a verdadero tabaco, sin aditivos. Un olor a tierra tostada, si acaso existiera. Hasta entonces sólo me había adentrado en Skandinavik y Amsterdamer. Sí, es un milagro que siga fumando en pipa.
Tras el golpe, recuerdo que el proceso de carga era un juego de niños dado el manejable tamaño de los curlies. La humedad perfecta, el tacto exacto para ajustarse a la cazoleta sin romperse ni hacerse una bola imprendible. Y eso, viniendo de un novato al que se le apagaba con facilidad cualquier mezcla, es todo un piropo y un indicador de hasta qué punto puede unirse la calidad con la accesibilidad. Sí, estoy pensando en Samuel Gawith.
Y el sabor... no lo recuerdo. Se perdió para siempre en las nieblas del tiempo y del invierno glacial.
Conservé la lata y tiré el contenido unos meses después, cuando aquello era paja. Hice el recorrido aromático básico, medio, el avanzado todavía está aquí y ha venido para quedarse.
Dos años después, Synjeco me hizo preguntarme si estaba en realidad preparado para ese tabaco en 2006. Imaginé que no, aunque cuando volví a oler a tierra tostada y a cargarme con facilidad la pipa, pensé que estaba jugando a un juego que ya conocía.
Afortunadamente, vino el sabor y cambió los horizontes. Sabor a humo, lo cual es la primera señal de fumar tabaco, no confetti. Humo y azúcar. Humo y ketchup. Humo y cosquillas en la nariz, como si el Perique quisiera limpiar mis fosas nasales del tiempo que perdí. La fumada se mantiene humosa hasta el primer tercio. Luego empiezan a bailar un vals la dulzura del virginia con la picantez del Perique. Ketchup de humo dulce, pienso. En el último tercio de la pipa se atenúan los sabores alegres y va adquiriendo el peso propio de la nicotina que contiene esta labor. Muchos la catalogan de contundente. Yo no lo haría. Pero hay tantas cosas que hice y no hubiera debido hacer...
El aroma en la habitación es tolerable -como los tabacos antiguos- y lo mejor de todo es el cosquilleo de la nariz que permanece un par de horas después de fumar. Recomendable siempre en pipas medianas y consumido con la calma de quien está fumando un clásico. Sillón. Paz. Otra cosa es un sacrilegio, y estamos hablando de monjas. Respeto a la labor.
En conclusión: no lo dejen escapar, mientras exista. Mi próximo pedido a Synjeco será un monotema, pese a que sea la -dicen- versión aligerada de Imperial. Quizá algún día pruebe una lata antigua y la mezcla de ahora será para mí la blasfemia imperdonable.
Pero es mucho peor mi primera blasfemia. Cuando probé este tabaco, pensé, en el colmo de mi inconsciencia, que para los 13 euros que había pagado por la lata, bien podía haberme comprado varias bolsas de Amphora.
Ahora añoro aquella lata que tiré, mientras me fumo un Amphora porque hay que gastarlo.
A veces la vida se empeña en ser cruel.
